La mamá y el papá miraban en el retanguim
colgado en la pared, una vez por semana.
El papá fruncía la boca, torcía el bigote,
movía el cabello...
La mamá siempre ponía cara de disgusto,
revisaba las esquinas de los ojos con los dedos
y estiraba el cuello y miraba los dientes.
Yo no podía mirar, no alcanzaba el retanguim.
Mi abuela nunca miraba, despreciaba el retanguim.
Un día dije quiero ver qué hay ahí...
No importa para el niño, me respondió ella.
Siempre hacía todos mis caprichos,
incluso poner una dalia roja enorme en mi cabello
y decir que estaba lindo...
De tanto insistir ella sacó el retanguim de la pared,
y yo miré: ¿Qué es esto?, pregunté:
Es o çê mismo, uai, tonta.
Fruncí el ceño con mucha intensidad,
hasta hoy se puede ver el resultado...
una marca bien profunda.
O çê mismo es el nombre de aquello
que queda escondido detrás del espejo
que espío y que también me espía.
Tardó, pero por la noche empecé
a hurtar el espejo de 15 por 10cm, de la pared,
Nenhum comentário:
Postar um comentário